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02 Sep 2026
RC Magazine
02 Sep 2026

Ley SAC puede marcar el fin de la atención al cliente como una carrera de obstáculos

Artículo sobre Ley SAC
Jessica Barceló, CEO de MST Holding, aborda en este artículo la idea de que la entrada en vigor de la Ley de Servicios de Atención a la Clientela (Ley SAC), puede ser un punto de inflexión para las empresas en su estrategia de atención al cliente. El hecho de que haya que demostrar que los sistemas de atención resuelven y son accesibles, es un elemento determinante para una buena CX.

Todos hemos vivido alguna vez la misma escena: una incidencia sencilla se convierte en un recorrido interminable. Un menú automático que no encaja, locuciones que repiten opciones sin aportar soluciones, cambios de canal que obligan a empezar de cero, agentes sin contexto o promesas de devolución que nunca llegan. Y, al final, la sensación más frustrante: nadie se hace cargo.

Durante demasiado tiempo, esta experiencia se ha normalizado. Muchas empresas han entendido la atención al cliente como una función orientada a contener la demanda, filtrar contactos y derivar con eficiencia. Pero organizar un servicio no es lo mismo que convertirlo en una carrera de obstáculos. Ahí es donde la Ley de Servicios de Atención a la Clientela (Ley SAC) introduce un cambio de fondo: ya no basta con tener canales, hay que demostrar que funcionan, que resuelven y que son accesibles.

Ese es uno de los grandes aciertos de la ley. Plantea la atención al cliente no como un gesto comercial, sino como una responsabilidad empresarial medible y alineada con los derechos de las personas consumidoras. Exige atención personalizada cuando se solicite, accesibilidad real, trazabilidad de las gestiones y capacidad de seguimiento.

Además, obliga a documentar y evaluar la calidad del servicio.

La ley no va contra la tecnología. Va contra la mala automatización. Contra ese diseño que traslada al cliente el coste de la ineficiencia interna: repetir datos, explicar varias veces el problema o moverse entre canales inconexos. La tecnología sigue siendo imprescindible, pero deja de ser válida cuando sustituye la resolución por el desvío o la accesibilidad por la fricción. La norma es clara: no puede utilizarse como único medio de atención y debe existir la posibilidad real de hablar con una persona.

Esto conecta directamente con la realidad del contact center. Cuando una empresa debe garantizar atención humana, seguimiento, documentación y medición objetiva de la calidad, está reconociendo que esta función no puede sostenerse con modelos débiles o meramente defensivos. Atender bien exige diseño operativo, pero también criterio, formación, supervisión y responsabilidad. En definitiva, exige profesionales.

Este punto es especialmente relevante. En un momento en el que el futuro de la atención al cliente suele plantearse en términos de sustitución, la Ley SAC introduce una corrección importante: hay una parte del servicio que solo puede sostenerse con empleo de valor. No porque la tecnología no aporte, sino porque hay situaciones que requieren comprensión, contexto y capacidad de hacerse cargo. Un bot puede clasificar o agilizar, pero difícilmente puede gestionar la complejidad emocional, detectar malentendidos o reconstruir incidencias complejas.

Por eso, la ley también puede interpretarse como una protección del trabajo profesional en contact center. No de cualquier modelo, sino de aquel que aporta valor real. A medida que aumentan las exigencias en accesibilidad, personalización, seguimiento y resolución, también lo hace la relevancia de los equipos que hacen posible todo eso.

Esto se hace aún más evidente en el caso de los colectivos vulnerables. La calidad de un servicio no se mide cuando todo funciona, sino cuando surgen dificultades: una persona mayor que no entiende un menú automático, alguien con discapacidad auditiva que necesita alternativas, o un usuario con baja competencia digital que no puede resolver una incidencia online. La ley pone el foco en estas situaciones y exige adaptación, accesibilidad y atención adecuada.

Este enfoque obliga a replantear muchos aspectos: el diseño de canales, la formación de agentes, el lenguaje, los criterios de priorización o la coordinación interna. Supone pasar de una atención centrada en el proceso a una centrada en la persona. Y ese cambio es clave, porque durante años se ha medido cuánto se atendía, pero no siempre cómo se atendía ni qué impacto tenía en la experiencia del cliente.

En este contexto, cobra relevancia el desarrollo de la futura UNE 338. Más allá del texto normativo, representa un paso hacia la concreción operativa: traducir las obligaciones legales en indicadores, métricas y evidencias auditables. La ley define el “qué”, pero el sector necesita avanzar en el “cómo”.

Y eso es una buena noticia. Profesionalizar la atención al cliente no consiste en declararla estratégica, sino en definir qué significa atender bien, cómo se mide y qué prácticas no son aceptables. La atención deja de valorarse por su existencia y empieza a evaluarse por su capacidad real de resolver sin generar fricción innecesaria.

La Ley SAC abre así una oportunidad que va más allá del cumplimiento. Marca un límite a un modelo que ha trasladado al cliente el esfuerzo de compensar deficiencias internas y empuja hacia un estándar más maduro, donde la eficiencia no se confunde con barreras ni la automatización sustituye a la responsabilidad.

La mejor atención no es la que expulsa más rápido al cliente del sistema, sino la que le ayuda a salir de su problema. Si la Ley SAC sirve para recuperar esta idea, no estaremos solo ante una nueva regulación, sino ante el principio del fin de la atención al cliente como carrera de obstáculos.

(Jessica Barceló, CEO de MST Holding)

La versión impresa de ste artículo se puede ver aquí, en el número 109 d Relación Cliente Magazine)